Cierto día Moisés se encontraba apacentando el rebaño de su suegro, Jetro, quien era sacerdote de Madián. Llevó el rebaño al corazón del desierto y llegó al Sinaí, el monte de Dios. Allí el ángel del Señor se le apareció en un fuego ardiente, en medio de una zarza. Moisés se quedó mirando lleno de asombro porque, aunque la zarza estaba envuelta en llamas, no se consumía. «Esto es increíble —se dijo a sí mismo—. ¿Por qué esa zarza no se consume? Tengo que ir a verla de cerca».
Éxodo 3 : 1-3
¿Te imaginas un día ordinario? Un día insignificante en tu vida, donde estás haciendo lo de costumbre. No hay nada nuevo. Sólo estás existiendo un día más; no esperas nada importante; tal vez, hasta hayas perdido la esperanza o la motivación. Tu vida es una rutina; haces lo mismo una y otra vez, sin aspiraciones o proyectos a futuro.
¿O te imaginas tu peor día? El día en que todo salió mal; el día del conflicto, o el día de la pérdida. El día en que decidiste salir huyendo. El día en que ya nada tiene sentido; en el que te diste cuenta de que caíste en la mediocridad. Te sientes perdido, como un extranjero. Sientes que ya no hay nada más; que ya no lo mereces. Es un día duro, cuando sientes que todo se está derrumbando.
Así se sintió Moisés después de haber cometido un asesinato, salir huyendo de los suyos y terminar en una tierra extranjera, cuidando un rebaño que ni siquiera le pertenecía en medio del desierto. ¿Te imaginas la carga? ¿El gran sentimiento de culpa? ¿El vacío de no estar con quienes amas; en un lugar desconocido, donde ya ni tú te reconoces? ¿Te imaginas la frustración? ¿En lo que parece el final de tu vida, terminando de una forma que no imaginaste?
Ya casi ni puedes alzar la cabeza por la vergüenza o por el hastío; pero, justo antes de que dejes de hacerlo definitivamente, lo logras ver:
El milagro más inesperado, lo extraordinario en medio de lo ordinario. Un arbusto que arde, pero que no se consume. Unas llamas brillantes, que saltan y parecen tocar el cielo. Un fuego refulgente que no deja de arder.
La zarza, es un árbol insignificante; algo que por sí solo no tiene atractivo, ¡de esos hay muchos en el desierto! Sólo es un tronco, un pedazo de madera. Pero ese pedazo de madera, por un momento fue tan resplandeciente y se miró tan cálido, que atrajo la atención de este hombre.
Así que Moisés decidió acercarse. ¡¿Cómo me voy a perder de este milagro?! ¡¿Cómo pasar de largo ante lo increíble?! ¡¿Cómo no venir a ver de cerca este fuego tan particular?!
Y por haber tomado la decisión correcta, ese día Moisés se encontró con el Gran Yo Soy, el que es todo lo que él necesitaba; se encontró con Dios mismo, como nunca antes lo había conocido. Y como si eso no fuera suficiente, también se encontró con su llamado; ese fue el día que le regresó su propósito. El día que quedaron atrás la culpa y la vergüenza, el fastidio y la frustración. Su vida y su futuro cambiaron por completo, por el simple hecho de haber decidido acercarse.
¿Te imaginas que ese pueda ser tu día? ¿El día en que todo cambie y que tu vida adquiera un nuevo sentido? ¿Te imaginas contemplando el milagro? ¿Te imaginas ver esa gran luz?
Ya no es una zarza que arde, pero aún es una pieza de madera; no es un fuego literal el que la abrasa, es una llama aún más poderosa. Alza tus ojos. Mírala bien: ¡Es la cruz!
Es un hombre que está colgado en ella, cuya vida se consume mientras su amor por ti se consuma. Es Jesús, la llama más cálida y más resplandeciente que arde para captar tu atención.
¿No te asombra? ¿No te cautiva? Está ahí ardiendo y ardiendo, solo para alcanzarte. Para sacarte de tu día ordinario; para salvarte de ese mal día. Para atraerte de nuevo a sus brazos. Arde aguardando tu nuevo propósito y un destino lleno de esperanza. Arde mientras está llamando tu nombre.
¿Te acercarás a verla?
VJ
¡Gracias por leerme! ¿Te gustaría recibir mis actualizaciones en tu correo? Da clic en «Suscribir».