Confiar en Dios,
no es creer en mis propias fuerzas;
ni depender de mis propios medios,
o estar seguro de mis habilidades.
Confiar en Dios,
no es tener mi esperanza en las personas;
ni estar forzando las oportunidades;
tampoco es defender mi propia causa.
Confiar en Dios,
no es tratar de convencer a todos
de que estoy en lo correcto;
ni manipular las circunstancias
para que todo salga como lo planeaba.
Confiar en Dios,
no es promoverme a mí mismo,
ni buscar la afirmación de los otros.
No es alardear de mis logros,
ni asegurarme de que todos me recuerden.
Confiar en Dios,
no es retener lo que tengo,
y quedarme con más de la cuenta,
“por si un día hace falta”.
Confiar en Dios,
no es estar pensando constantemente
en “qué voy a hacer mañana”,
ni estar dando vueltas y vueltas por mi pasado.
Confiar en Dios
es creer más en Él, que en mí mismo;
es depender de su guía.
Es dejar en sus manos la justicia,
y en su sabiduría mis decisiones.
Confiar en Dios
es aceptar que Él reina,
y que cada una de mis circunstancias
está en su mano,
por más incierto que parezca.
Confiar en Dios
es saberme débil
y que por eso dependo de su ayuda;
es reconocer que no tengo todo,
pero que tengo lo necesario para hoy.
Confiar en Dios
es agradecer por lo que ha sido
y también por lo que no fue;
es aceptar lo que hoy es,
y esperar con gozo lo que está por venir.
Confiar en Dios
es saber que mis sueños
siempre serán superados,
y que aunque tengo grandes planes para mi vida,
Sus planes son mejores,
porque trascienden a la eternidad.
VJ
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