Alma, ¡sal de ti misma!
¡Oh, alma! Piensa más allá de ti.
No eres el centro de todo;
no todo se trata de ti.
Hay cosas más profundas;
hay asuntos más importantes.
Deja de pensar en tus miedos
y en todas tus frustraciones.
Deja de querer mostrarle a todos
que eres fuerte,
que eres buena,
que lo haces bien.
Nadie te juzga tanto como tú sola;
no necesitas toda esa atención.
Puedes dejar ver tus errores;
pueden notar tus debilidades.
No tienes que ser perfecta,
¡Deja ya de cargar todo eso!
Eres vulnerable,
igual eres pecadora;
tu orgullo es tu más grande pecado,
pues pensaste que eras perfecta.
Pensaste que lo hacías todo bien.
Pensaste que merecías lo mejor,
pero eres egoísta.
Sólo piensas en ti misma
y eres buena en tu propio juicio,
pero buscas que otros te afirmen;
te importa escuchar su opinión.
Quieres oír su alabanza
para asegurar que estás bien
y seguir viviendo en tu vanidad.
Estás enferma de orgullo,
te agotan las apariencias.
Te esfuerzas tanto por que todo esté bien
y te cansas de tus pensamientos.
Pero aún puedes arrepentirte;
¡hay salvación para ti!
Reconoce que hay Alguien más importante;
¡recuerda quién sí es el centro!
Recuerda quién te creó;
haz memoria de que Él estaba primero,
y que, si estás aquí, es porque Él quiso.
Él te acepta como eres
y no tienes que demostrarle nada,
ni pagar nada a cambio.
Él es el único perfecto
y sin error alguno.
Él es quien te ha dado fuerzas
y sin Él, nada puedes hacer.
Y si algo has conquistado,
no fue por tu propio mérito;
fue porque Él tuvo la victoria
y te la quiso compartir.
Regresa a Él y ríndete;
entrega tu vida en Sus manos,
y pon más atención a lo que Él busca
y en lo que quiere hacer a través de ti.
Deja de quejarte de todo,
y de llorar por lo que no tienes.
Mira lo que Él está haciendo
y muévete en su dirección.
Y cuando te sientas tentada
en volver tu mirada hacia adentro,
voltea otra vez hacia arriba
y contempla al que es más Alto que tú.
VJ
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