Vivimos para Su gloria,
para cumplir Su voluntad;
no vivimos para nosotros,
para a nuestro “yo” saciar.
Pero lo hemos olvidado
con los afanes de este mundo;
nos volvimos superficiales,
en vez de buscar lo profundo.
Unos aman las posesiones,
se van tras lo material;
se enfocan en las riquezas,
en muchos bienes acumular.
Otros persiguen la fama,
buscan los primeros lugares;
¡Hasta renuncian a sí mismos,
con tal de ser populares!
Unos más viven de logros;
se afanan en trabajar;
se preocupan por alcanzar tanto
que no pueden ni descansar.
Algunos dependen tanto
de todas su relaciones,
que, con el fin de encajar,
hasta cambian sus valores.
Pero todas esas cosas
nos alejan más de Dios;
distorsionan nuestra mente
y nos dañan el corazón.
Porque todo lo que ocupa
en nuestra vida el primer lugar,
puede convertirse en un ídolo
y nuestra adoración afectar.
Y es así como terminamos
desviándonos del camino,
y por más que intentamos saciarnos,
no logramos llenar el vacío.
Pues solo hay uno que nos llena
y es Aquél que nos creó;
a Él le pertenecemos,
por Él clama nuestro interior.
Así que volvamos a Cristo,
fijemos nuestros ojos en Jesús;
quien, para recuperarnos
dio su vida en la cruz.
Él no persiguió riquezas,
ni de este mundo los placeres,
no presumió sus logros
ni se codeó con los grandes.
Se humilló y se hizo siervo,
a sí mismo se negó;
para obedecer al Padre,
por completo se entregó.
Por eso merece todo;
¡Solo Jesús es el centro!
Respondamos a Su gracia
y sigamos su ejemplo.
Vivamos para Su gloria,
no pensando en nosotros mismos,
y que, en todo lo que hagamos,
¡sea exaltado Jesucristo!
No vivimos para nosotros,
para a nuestro “yo” saciar.
Vivimos para Su gloria,
¡Para hacer Su voluntad!
VJ
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