Una mujer de la multitud hacía doce años que sufría una hemorragia continua. Había sufrido mucho con varios médicos y, a lo largo de los años, había gastado todo lo que tenía para poder pagarles, pero nunca mejoró. De hecho, se puso peor. Ella había oído de Jesús, así que se le acercó por detrás entre la multitud y tocó su túnica. Pues pensó: «Si tan solo tocara su túnica, quedaré sana». Al instante, la hemorragia se detuvo, y ella pudo sentir en su cuerpo que había sido sanada de su terrible condición.
Marcos 5:25-30 NTV
Jesús se dio cuenta de inmediato de que había salido poder sanador de él, así que se dio vuelta y preguntó a la multitud: «¿Quién tocó mi túnica?».
No me imagino pasar en una condición tan desesperante por tantos años. Debió haber sido muy difícil; sobre todo considerando lo que en sus tiempos significaba padecer esa enfermedad.
Significaba estar apartada, lejos de la gente que quería. No podía tocarlos porque los podía hacer inmundos; así que debió ser duro no poder abrazar a alguien por 12 años; tal vez nadie podía darle una palmada para consolarla, ni imponerle manos para orar por ella. Parece que estaba sola en esto.
Qué tremendo pensar que todo lo que tocara, en donde estuviera o donde se sentara podía convertirse en indigno con su presencia… es como pensar que todo lo que tocáramos se arruinara o se echara a perder. Me haría pensar que no sirvo para nada, que no soy buena prosperando nada de lo que viene a mi mano.
Doce años pensando que nadie puede amarla, que no puede ser útil, que tiene que estar lejos, que no puede ir a adorar… y eso sumado a la frustración de hacer todo lo que estaba en sus posibilidades y agotar todos sus recursos para que nada funcionara. Nada de lo que tenía, nada de lo que sabía, nada de lo que podía dar. Nada daba resultados, todo era infructuoso. Algunas veces me he sentido así.
Pero también pienso, qué bendición llegar al punto donde no podía hacer nada; en el que se sintió insuficiente y decidió que tenía que perseguir a alguien más para que hiciera por ella lo que en sus fuerzas no había podido.
Qué afortunado el día en que escuchó que el Maestro estaba en la ciudad y que tomó una decisión valiente. Valiente porque decidió salir de su encierro sin importar lo que otros pudieran decirle o hacerle. Valiente porque tuvo que caminar -supongo- una distancia larga hasta adentrarse al corazón de la ciudad; donde las multitudes se agolpaban y amontonaban para ver pasar a Jesús.

Me pregunto: ¿qué la hizo pensar que tenía que tocarlo y cómo se atrevió a intentarlo a pesar de su condición? Tal vez comprendió en su corazón que no hay nada tan impuro que pueda contaminar la gloria de Cristo, que no se trataba de lo que ella pudiera hacer sino de lo que un toque de Dios puede hacer en la vida de cualquiera.
Me gusta ver que en un punto, dejó de ver su pasado y lo que había quedado atrás en su camino, para enfocarse en esa persona a la que tenía que llegar. Dejó de enfocarse en lo que no pudo, en lo que no tuvo y en lo que perdió, para fijar sus ojos en un nuevo objetivo. Tal vez pensó: “si volteo atrás, lo perderé de vista; ya no veré hacia dónde camina o por dónde va, así que no debo distraerme, ¡es mi única oportunidad!”
Admiro que no se haya conformado con verlo pasar de lejos o solo escuchar su voz; que no haya sido suficiente para ella apreciarlo de cerca, sino que decidió: “lo tengo que tocar”. Había recorrido un largo camino, se había arriesgado a caminar entre la gente; dejó de escuchar lo que los otros podían decirle y se metió hasta el fondo del tumulto. Había llegado tan lejos como para decir: “con esto basta”, pero ella decidió seguir hasta tocarlo.
Esta mujer me hace pensar: ¿Perdí mi objetivo? ¿Me estaré conformando? ¿Será que lo que no ha cambiado en mi vida es porque no avancé lo suficiente como para llegar a la orilla donde podía tocar a Jesús? ¿Será que me concentré más en mi sufrimiento que en la Persona que estaba pasando delante de mí? ¿Fui muy cobarde como para atreverme a salir de mi encierro? ¿Me dio miedo pensar lo que podían decir los demás? Incluso me acerqué, pero ¿no lo suficiente como para sacar de Él poder?
Esa mujer dejó atrás todo, se abrió caminó y quitó de su paso todo lo que le estorbaba para tocar a Jesús; ahora su historia me anima a decirme a mí misma que no me conforme, que vale la pena alejarme de lo que tenga que dejar, y quitar de delante de mí todo lo que tenga que quitar, con tal de tocar tan solo el borde del manto de mi Maestro. Lo que ella hizo me recordará, que por más largo que dure una situación, siempre habrá una oportunidad para detenerme y considerar: “tal vez me he acercado, pero aún no lo suficiente como para tocarlo”. Así que mis ojos y mi corazón lo seguirán persiguiendo.
VJ
¡Gracias por leerme! ¿Te gustaría recibir mis actualizaciones en tu correo? Da clic en «Suscribir».