He estado meditando respecto a la justicia y la gracia. Personalmente, creo que había estado más familiarizada con la primera puesto que crecí en un mundo de recompensas. Y es que, si lo pensamos bien, la justicia puede definirse como una recompensa, pues justicia se trata de recibir lo que merecemos.
Cuando trabajamos duro y nos esforzamos para conseguir algo, es probable que sí obtengamos eso que cosechamos, pues lo merecemos. Cuando hacemos algo bueno por alguien, o le sonreímos, o somos amables con él; esperamos una respuesta similar porque lo merecemos. Si hacemos buenas obras, nos portamos bien, vamos a la iglesia y honramos a Dios, esperamos recibir algún buen fruto de eso porque lo merecemos; porque nos esforzamos y pusimos todo de nosotros para cumplir con lo que se supone que teníamos que cumplir.

El mundo nos ha enseñado a pensar mucho en lo que merecemos. Pero pensar en lo que merezco me hace enfocarme en mí; en lo que trabajé, en cuánto me costó, en cuánto me esforcé; en todo lo que hice y sacrifiqué. Y cuando el resultado no es congruente, lo concibo como una injusticia.
Pensar en todo lo que “hice bien” me hace olvidarme de todo lo que tengo mal; lo que aún es necesario cambiar; las áreas que tengo que mejorar de mí. A nadie nos gusta pensar en nuestras debilidades, ni en nuestros errores o fallas.
Sin embargo, la gracia opera en este sentido: en lo que no pude hacer porque no soy capaz, ni soy perfecto. La gracia se trata de recibir lo que no merezco; lo que no me gané con mis fuerzas ni con mi trabajo. Lo que no me costó ni sacrifiqué: la gracia es un regalo.
No el regalo que esperas por tu cumpleaños, ni por tu aniversario de bodas o por el día de la amistad. Es el regalo que no esperabas; el que llegó en el día menos pensado; el que nunca creíste que podrías recibir o que alguien te quisiera dar.
La gracia es inexplicable, porque no la trabajaste; no la buscaste ni luchaste por ella. Simplemente la encontraste y es tan hermosa que no la puedes comprender. La gracia es asombrosa y te hace admirar a Aquel que te la otorga: porque es mayor que tú, es mejor de lo que tú puedes ser y es más generoso que tú, al querer compartirla contigo.
La gracia tiene el poder de sacarme el enfoque de mí y contemplar a Alguien más. La gracias devuelve mis ojos a Él, al que es más importante y mejor que yo. Al que, a pesar de mis debilidades, mis errores y mis fallas, tiene algo que ofrecerme; no porque lo merezca sino porque me lo quiere regalar.
La justicia me enfoca en mis obras;
la gracia me habla de lo que yo no hice.
La justicia me da un premio cuando termino la carrera,
pero la gracia me levanta si, mientras la corro, caigo.
La justicia me dice: “¡Te lo ganaste!”;
la gracia me recuerda que “no lo merecía”.
La justicia me hace pensar: “¡Qué bien lo hice!”;
pero la gracia me dice: “Aunque eres débil, ¡te amo!”.
La justicia me hace creer que ya llegué,
pero la gracia me anima a seguir caminando.
La justicia me genera satisfacción,
pero la gracia me produce asombro.
La justicia me trae lo que esperaba,
pero la gracia me regala lo inesperado.
La justicia cumple mis expectativas,
pero la gracia me sorprende.
La justicia me hace pensar en mí,
pero la gracia me hace adorar;
adorar al que es y siempre será
más grande y más bueno que yo.
VJ
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